Sonia Contreras:
«A veces no necesitamos encontrarnos, sino dejar de ser quienes ya no somos»
Después de una larga trayectoria vinculada al Derecho, la gestión pública y la cooperación internacional, Sonia Contreras se encontró en un territorio para el que ningún currículum prepara: el momento en que las certezas que habían definido una vida dejan de servir. De esa ruptura nació Tuve que matarlas a todas, una obra en la que utiliza la estructura de un juicio para llevar a sus propias identidades al banquillo. No es un libro sobre la búsqueda de una versión mejor de uno mismo. Es, antes que nada, una invitación a preguntarse qué partes de quienes hemos sido siguen teniendo sentido.
Hay libros que nacen de una historia que el autor quiere contar; otros nacen de una pregunta que ya no puede seguir evitando.
En el caso de Sonia Contreras, la pregunta llegó después de muchos años de construir una trayectoria profesional exigente: Derecho, doctorado, docencia, organismos internacionales, responsabilidades institucionales y puestos de dirección. Una carrera en la que la capacidad, el reconocimiento y la responsabilidad formaban parte de su identidad.
Hasta que llegó una renuncia.
Y después de ella, un vacío.
Tuve que matarlas a todas, presentado el pasado 27 de julio, por el Centro Cultural de España (CCE) de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Embajada de España, nace precisamente de ese proceso de desmontaje. La autora convierte distintas identidades en personajes que pasan por un tribunal y son sometidos a juicio. Algunas deberán desaparecer para que otra Sonia pueda empezar a construirse.
Pero, ¿qué significa realmente «matarlas»?
En entrevista con Lectomania.net, Contreras responde a esta pregunta y a muchas otras relacionadas con su ensayo, que constituye un exitoso ingreso al mundo de la literatura.
—Sonia, el título de tu libro es bastante contundente. ¿A quiénes tuviste que matar?
A las versiones de mí misma que ya no podían seguir acompañándome. No hablo de personas, evidentemente, sino de identidades adaptativas. Durante nuestra vida vamos construyendo muchas: la profesional, la mujer fuerte, la que puede con todo, la que necesita demostrar, la que cumple las expectativas de los demás… Algunas son necesarias, incluso nos salvan en determinados momentos. El problema aparece cuando seguimos siendo esa persona mucho después de que haya dejado de ser necesaria.
—Entonces, ¿el libro nace de una crisis personal?
—Nace de una ruptura. Yo había construido durante muchos años una trayectoria profesional de la que me sentía orgullosa. Soy jurista, doctora en Derecho Ambiental y he trabajado en distintos ámbitos, desde organismos internacionales y docencia hasta la administración pública. Llegué a ocupar puestos de mucha responsabilidad y durante mucho tiempo pensé que eso era, en buena medida, quien yo era.
Hasta que se me planteó un conflicto ético y, antes de traicionar mis valores y a mí misma, renuncié. Cuando tienes que renunciar a algo que ha ocupado una parte tan importante de tu identidad, descubres que no solamente has dejado un puesto. También has dejado de ser, al menos temporalmente, la persona que eras dentro de esos puestos.
Justo ahí aparece un vacío, muy difícil de explicar y, sobre todo, de manejar.
—¿Y qué ocurre cuando desaparece esa identidad profesional?
Que tienes que enfrentarte a una pregunta bastante difícil: «¿Quién soy ahora?».
Y no es una pregunta fácil. Estamos tan acostumbrados a presentarnos diciendo lo que hacemos, dónde trabajamos, qué hemos conseguido o qué cargo ocupamos, que cuando quitas todo eso, queda una parte de ti que quizá no has tenido tiempo de conocer.
Yo creo que ese fue el verdadero comienzo del libro.
—Tú vienes precisamente del mundo del Derecho. ¿Por qué convertir ese proceso en un juicio?
Probablemente porque el lenguaje jurídico forma parte de mi manera de mirar el mundo. He pasado muchos años entre leyes, procedimientos, responsabilidades y decisiones. Me pareció que no había mejor manera de enfrentarme a mis propias identidades que llevarlas ante un tribunal. Lo interesante es que ese tribunal estaba dentro de mí. De hecho, no hay peor juez que el que llevamos dentro.
Las identidades son juzgadas, se escuchan sus argumentos, se revisa lo que hicieron por mí y también el precio que tuvieron que pagar. En realidad, el objetivo no era demonizarlas, ni muchísimo menos. Algunas de esas mujeres me habían ayudado a llegar hasta donde estaba y fueron herramientas muy valiosas para abrirme paso en el mundo.
La cuestión no era decir: «Esta parte de mí es mala y tengo que eliminarla». Era preguntarme: «¿Todavía necesito ser esta mujer?».
—Y ahí aparece una de las ideas centrales del libro: no todo aquello que somos tiene que acompañarnos para siempre.
—Exactamente. Creo que tenemos una idea bastante equivocada de la identidad. Pensamos que descubrir quiénes somos significa encontrar una esencia y permanecer fieles a ella para siempre.
Yo cada vez lo veo de otra manera. Por ejemplo, hay identidades que nacen para protegernos. Otras nacen para conseguir algo. Otras para ser aceptadas. Otras porque era lo que se esperaba de nosotras. Y llega un momento en que tenemos que preguntarnos si seguimos viviendo desde una elección o desde una necesidad o costumbre.
—¿El éxito también puede convertirse en una identidad?
Por supuesto. Y creo que es una de las más difíciles de cuestionar porque socialmente está muy bien valorada.
Cuando eres una persona profesionalmente exitosa, responsable, resolutiva, cuando los demás confían en ti y te reconocen por tu capacidad, resulta muy difícil preguntarte si esa identidad sigue siendo suficiente. Aparentemente no tienes ningún problema, pero una cosa es que una vida funcione desde fuera y otra muy distinta que siga teniendo sentido desde dentro.

Sonia Contreras; «Una cosa es que una vida funcione desde fuera y otra muy distinta que siga teniendo sentido desde dentro».
—¿Fue ahí donde apareció ese vacío del que hablas?
Sí. Y el vacío da miedo, mucho.
Estamos educados para llenarlo inmediatamente. Si algo se acaba, buscamos otra cosa. Si dejamos un trabajo, buscamos otro. Si termina una relación, buscamos otra. Si dejamos de ser algo, intentamos convertirnos rápidamente en otra cosa. Sin embargo, yo creo que hay momentos en los que hay que quedarse ahí.
No porque el vacío sea algo agradable como darse unas simples vacaciones, sino porque puede enseñarte cosas que no podrías ver mientras estás corriendo para llenarlo.
—¿Y qué encontraste cuando decidiste no llenarlo inmediatamente?
Me encontré con muchas preguntas y también con una parte de mí que no conocía demasiado. O si la conocía, pero no la había dejado expresarse libremente.
Creo que la reconstrucción no empieza cuando encuentras una nueva identidad, lo hace cuando aceptas que ya no necesitas seguir sosteniendo algunas de las anteriores.
—Eso explica que el libro no sea exactamente una autobiografía.
No, no lo es. Mi historia es solamente el punto de partida. Lo que me interesaba era llevar esa experiencia a un lugar en el que el lector pudiera reconocerse, porque todos tenemos identidades que hemos construido. Todos hemos sido hijos, padres, profesionales, parejas, amigos, personas fuertes, personas que cuidan, personas que necesitan ser reconocidas. La pregunta es qué ocurre cuando alguna de esas identidades deja de encajarnos.
—¿Y por qué nueve mujeres?
Porque cada una representa una parte distinta de ese proceso. No quería hacer una explicación teórica sobre la identidad. Quería que esas identidades tuvieran cuerpo, voz y conflicto. Al ponerlas delante de un tribunal, podía hacer algo que en la vida real resulta mucho más difícil: escucharlas. Y escuchar también por qué llegaron a existir.
—Hay algo paradójico en todo esto. Tu trayectoria profesional consiste, en buena medida, en construir: formación, carrera, responsabilidades, familia, proyectos. Sin embargo, el libro habla de destruir.
Sí. Pero creo que destruir también puede ser una forma de construir.
A veces pasamos demasiado tiempo intentando añadir cosas a nuestra vida: más títulos, más objetivos, más responsabilidades, más reconocimiento… Y quizá llega un momento en que el movimiento necesario es exactamente el contrario. Quitar.
Quitarte expectativas, exigencias, algunas etiquetas. Quitarte incluso determinadas versiones de ti misma hasta descubrir qué queda cuando ya no necesitas demostrar nada.
—¿Y qué queda?
Esa es precisamente la pregunta que quiero que se haga el lector. Yo no creo que el libro tenga que darle una respuesta. De hecho, probablemente sería contradictorio que después de escribir sobre la necesidad de cuestionar nuestras identidades yo pretendiera decirle a alguien quién debe ser.
Cada lector tendrá que enfrentarse a su propio tribunal.
—¿Crees que una mujer puede pasar gran parte de su vida siendo exactamente quien los demás o las circunstancias necesitan que sea?
—Sí, pero no solamente una mujer. En el caso nuestro, hemos aprendido especialmente bien a sostenerlo todo. Ser buenas profesionales, buenas madres, buenas hijas, buenas parejas, estar disponibles, cuidar, responder, demostrar que podemos. Lo que pasa es que llega un momento en que quizá la pregunta no sea «¿puedo con todo?», sino «¿quiero seguir pudiendo con todo?». Para mí esa pregunta fue importante.
—Después de todo este proceso, ¿te sientes reconstruida?
—No sé si esa es la palabra correcta. Me siento más consciente de que no necesito terminar de construirme. Antes pensaba que había que llegar a algún lugar; ahora creo que hay mucho más valor en poder estar en proceso.
—Entonces, si tuvieras que resumir qué hay detrás de Tuve que matarlas a todas, ¿qué dirías?
—Que es un libro sobre identidad, pero también sobre libertad.
Sobre la libertad de dejar de ser quien fuiste cuando esa persona ya no eres tú. También sobre algo que para mí ha sido todavía más importante: entender que desprenderte de una versión de ti misma no significa traicionarla. Significa agradecerle lo que hizo por ti y permitirle descansar. Algunas versiones de nosotros mismos fueron necesarias para llegar hasta aquí, es decir, ya cumplieron su función; pero no necesariamente tienen que acompañarnos hasta el final.






