Las razones del placer, de Alexander Sánchez
Las razones del placer no nació con la pretensión de ser una historia general de la literatura costarricense, sino que es una “miscelánea”, de ensayos breves, como el autor mismo lo define. Pero al darle una estructura a sus ensayos, nos ha regalado una breve y muy ilustrativa síntesis.
¿Qué tan cierto es que la literatura costarricense tuvo su génesis en la producción de un pequeño grupo de escritores de finales del siglo XIX (1880-1890) y que la actividad literaria fue prácticamente inexistente en la Costa Rica colonial?
¿Por qué a pesar de la notable calidad de muchos de sus autores, la literatura costarricense no ha logrado la notoriedad internacional que merece, como sí ha ocurrido con la producción de otros países de la región?
Alexander Sánchez Mora se plantea éstos y otros interesantes problemas en su libro Las razones del placer- Ejercicios de lectura literaria costarricense (Uruk Editores, 2026) más con el afán de alentar investigaciones —y quizá polémicas— que de formular respuestas definitivas.
Las razones del placer no nació con la pretensión de ser una historia general de la literatura costarricense, sino que es una “miscelánea”, como el autor mismo lo define, de textos escritos en distintos momentos con un afán básicamente divulgador. El libro se compone de veinte ensayos breves que inicialmente fueron presentaciones, prólogos, artículos periodísticos, ponencias y adaptaciones de artículos académicos.
“En todos ellos, hasta donde me fue posible —nos dice el autor en el prólogo de su libro—, evité las tediosas disquisiciones que saturan a los lectores legos y aun a los expertos… he procurado que aquí cada párrafo establezca un vínculo de amable comunicación con los lectores”.
Pero hemos de aclarar que Alexander Sánchez es uno de los más importantes historiadores de la literatura costarricense y centroamericana y, quizá por esa razón, al darle una estructura a sus ensayos, nos ha regalado una breve pero muy ilustrativa síntesis.
El recorrido va desde la literatura de finales del siglo XIX y principios del XX, en los que figuran Ricardo Fernández Guardia, Carlos Gagini, Joaquín García Monge, entre otros, hasta la producción de una profusa camada de autores más o menos jóvenes que pueblan el primer cuarto del siglo XXI.
En el camino, Sánchez se detiene a inventariar el legado de Joaquín García Monge, en particular su Reportorio Americano, que a lo largo de casi 40 años (1919-1958) fue el principal foro intelectual y literario de América Latina.
Dedica también un ensayo al novelista José Marín Cañas y a su más emblemática novela, El infierno verde, un dramático relato de la sangrienta guerra de El Chaco entre Paraguay y Bolivia a inicios de los años treinta. Una obra que marcó la literatura nacional en esa década.
De la llamada generación del 40, Sánchez se detiene en la figura de Carlos Luis Fallas y el impacto internacional de su novela Mamita Yunai, una de las pocas obras de un costarricense que ha tenido una amplia circulación internacional y ha sido traducida a numerosos idiomas.
No quedan fuera de su consideración otros autores relevantes de aquel periodo de intensas luchas sociales y políticas, caracterizado por la promoción de las garantías sociales: Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Carmen Lyra, entre otros.

El ensayo enrumba luego hacia las corrientes de la segunda mitad del siglo XX, la generación del 70 que define como un periodo gris, no por la calidad de la producción literaria, sino por el predominio de contenidos caracterizados por el desencanto y la crítica a las falencias del modelo surgido de la guerra civil de 1948.
Carmen Naranjo, Samuel Rovinski, Quince Duncan, Gerardo César Hurtado, José León Sánchez, Julieta Pinto, Alfonso Chase, Virgilio Mora y Alfredo Oreamuno, forman parte de una larga lista de escritores de este periodo.
La década del 80 habría de allanar el camino al siglo XXI, con notables producciones como la novela De qué manera de olvido, de Dorelia Barahona, acreedora al Premio Juan Rulfo de Primera Novela, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes de México.
Fernando Contreras con su ópera prima Única mirando al mar desató un interés inusitado en el tema de la marginalidad, que fue seguido luego con su segunda novela, Los Peor.
Así llega este repaso hasta los albores del siglo XX, una década que Sanchez define como “luminosa” para la literatura costarricense, con la obra de numerosos autores entre los que mencionamos algunos a modo de ejemplo: Rodolfo Arias, Carlos Cortés, Rodrigo Soto, Catalina Murillo, Uriel Quesada, Alfredo Trejos, María Montero, Afonso Chacón, Daniel Quirós, Carla Pravasini, Larissa Ru, Carlos Regueyra, Byron Salas.
Acerca del autor
Para ubicar al autor en apretada síntesis, recurriremos a palabras de Carlos Cortés en su presentación de este libro: “Alexander Sánchez es uno de los más conspicuos investigadores literarios del país, formado en la Universidad de Costa Rica y en la de Sevilla. Y, no resisto la ironía, también es abogado, pero culto. Lo letrado no quita lo leído. O viceversa. Es lo que en un pasado reciente se llamaba un hombre -o una mujer- de letras. Como esta expresión arrastra un estigma aristocratizante, tal vez Alexander prefiere autodenominarse nada más como lector. Y yo añadiría; un muy buen lector. Es alguien que disfruta de lo que lee y que quiere hacer de sus lecturas un goce para los demás, en un acto que llama placer, el placer lector, el placer cómplice”.
En adición, mencionemos que Alexander Sánchez es profesor catedrático de la Universidad de Costa Rica en el Departamento de Literatura de la Escuela de Filología. Además es miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua, que preside desde 2025.






