Tuve que matarlas a todas, de Sonia Contreras
Este ensayo de Sonia Contreras comienza con una imagen de enorme potencia simbólica: un juicio. No es un juicio convencional, sino la representación de un proceso interior en el que comparecen aquellas identidades que, de una manera u otra, han ido construyendo a la protagonista. Roles, expectativas, mandatos, personajes aprendidos y formas de estar en el mundo ocupan el lugar de los acusados.
Hay libros que hablan de cambiar de vida y hay otros que se atreven a preguntar qué queda de nosotros cuando dejamos de ser aquello que durante años creímos que éramos. Tuve que matarlas a todas, de Sonia Contreras, pertenece a estos últimos.
El ensayo comienza con una imagen de enorme potencia simbólica: un juicio. No es un juicio convencional, sino la representación de un proceso interior en el que comparecen aquellas identidades que, de una manera u otra, han ido construyendo a la protagonista. Roles, expectativas, mandatos, personajes aprendidos y formas de estar en el mundo ocupan el lugar de los acusados. Desde ese momento, el libro plantea una pregunta difícil: ¿cuántas de las versiones de nosotros mismos que defendemos como auténticas son, en realidad, construcciones que hemos aprendido a sostener?
La metáfora del juicio funciona como puerta de entrada a un proceso mucho más profundo: el desmontaje de la identidad.
Contreras no propone aquí una fórmula para reinventarse ni ofrece un manual de transformación personal. Su recorrido es más radical. Para encontrar quiénes somos cuando dejamos de identificarnos con aquello que nos define, primero hay que atravesar el vacío que aparece cuando esas definiciones desaparecen. Es, precisamente, el territorio en el que las certezas dejan de servir.
A lo largo del ensayo, la autora conduce al lector por ese proceso de desmantelamiento: la mujer que debía ser, la profesional, la madre, la hija, la pareja, la persona fuerte, la que cumple, la que sostiene, la que responde a las expectativas ajenas. No se trata de negar esas experiencias, sino de cuestionar la identificación absoluta con ellas. Porque una cosa es desempeñar un papel y otra muy distinta confundir ese papel con nuestra identidad.

Uno de los mayores aciertos del libro está precisamente en esa tensión. Tuve que matarlas a todas no habla de destruir partes de uno mismo porque sean defectuosas, sino de dejar morir determinadas versiones de nosotros para que pueda aparecer algo que no estaba previsto. El verbo del título —matar— resulta deliberadamente incómodo; pero esa incomodidad es necesaria porque obliga a mirar de frente el precio que puede tener permanecer fieles a identidades que ya no nos pertenecen.
La escritura se mueve entre la reflexión ensayística, la metáfora y una dimensión casi confesional, pero sin convertirse en un relato autobiográfico convencional. La experiencia personal sirve como materia de pensamiento. Lo íntimo deja de ser únicamente de la autora para convertirse en un espacio reconocible para quien lee.
Tuve que matarlas a todas es, por tanto, un ensayo sobre la pérdida, pero también sobre la libertad que puede surgir de ella. Sobre ese momento de la vida en que continuar siendo quien hemos sido deja de resultar posible y todavía no sabemos quién seremos después.
No es un libro que invite simplemente a cambiar; invita a cuestionar aquello que hemos llamado «yo». Y quizá ahí resida su propuesta más poderosa. A veces, para empezar a vivir desde un lugar más verdadero, no necesitamos convertirnos en alguien distinto. Necesitamos dejar de sostener a quienes fuimos.






