La lectura en crisis: el error de abandonar el libro impreso
Victoria Chacón Monge (*)
El informe Estado de la Educación 2025 advierte de que la competencia lectora es la segunda con mayor deterioro en el país, solo superada por la matemática. Esta caída afecta directamente a la comprensión de áreas como la científica y la digital. La lectura es la base sobre la cual se construyen las demás competencias y, cuando falla, el resto del proceso se ve afectado.
Suecia apuesta por los libros impresos
El problema no es exclusivo de Costa Rica, Suecia país que durante años fue referente de digitalización educativa, reportó un retroceso en las pruebas internacionales PIRLS. Entre 2016 y 2021, experimentó una baja de 11 puntos equivalente a un descenso del 2% en comprensión lectora. Esta caída, aunque moderada, encendió las alarmas del gobierno sueco que habló incluso de una crisis de lectura en las escuelas.
En respuesta, Suecia decidió revertir parcialmente la digitalización en las aulas. En 2023 anunció una inversión de 60 millones de euros para para ese año y de 44 millones de euros anuales en 2024 y 2025, con el objetivo de garantizar un libro impreso por asignatura para cada estudiante. Lotta Edholm, quien ocupó el cargo de ministra de escuelas de Suecia hasta junio 2025 fue clara en indicar que: “se busca el regreso de la lectura en la escuela en detrimento del tiempo de pantalla”.
Hemos priorizado la conectividad sobre los libros
En Costa Rica, nos hemos preocupado más -y a veces no ha pasado de ser mera preocupación- por llevar conectividad a las escuelas y colegios, que por fortalecer las colecciones de libros impresos en las bibliotecas. La conectividad es necesaria pero no suficiente.
El uso de Internet no está dedicado únicamente a educar e informar, en ocasiones -y me atrevería me atrevería a afirmar que en la mayoría de los casos- se utiliza con fines no educativos juegos, redes sociales, entretenimiento. La abundancia de información no garantiza el aprendizaje, incluso puede dificultarlo cuando no existe mediación del docente o del bibliotecólogo con criterios sólidos para distinguir fuentes confiables.
Una colección bibliográfica previamente evaluada ofrece algo que Internet no siempre puede asegurar: información, veraz pertinente y de calidad seleccionada por profesionales. Es un espacio que orienta, filtra y acompaña al proceso de aprendizaje.
No se trata de satanizar lo digital
La información digital es fundamental para la investigación, el acceso abierto ha democratizado el conocimiento científico. Sin embargo, la sobreexposición a contenidos de calidad desigual sumada al uso inadecuado de herramientas de inteligencia artificial, está generando que haya estudiantes con niveles mínimos de comprensión lectora y serias dificultades para redactar con claridad.

La pregunta no es si debemos usar tecnologías, sino cómo cuándo y para qué. La lectura profunda, la que forma pensamiento crítico, requiere tiempo, concentración y un soporte que favorezca la atención sostenida. El libro impreso sigue siendo en muchos casos el medio más eficaz para lograrlo.
¿Y si hacemos la prueba?
¿Qué pasaría si al menos por un tiempo los estudiantes trabajaran únicamente con libros impresos y escribieran sus ensayos a mano sin recurrir a la inteligencia artificial? Tal vez descubriríamos que la comprensión mejora, que la memoria se activa y que la escritura recupera su sentido formativo.
Para que no se queden con la duda, la vaca de nuestro cuento era blanca con manchas café.
(*) Victoria Chacón Monge es doctora en Documentación, Archivos y Bibliotecas en el Entorno Digital por la Universidad Carlos III de Madrid.



