¿Para qué escribir?
“Los mejores momentos en la lectura son aquellos en los que te encuentras con algo—un pensamiento, un sentimiento, una forma de mirar las cosas— que creías especial y particular de ti. Y de pronto ahí está, escrito por alguien más, una persona a la que nunca has conocido, quizá incluso alguien que murió hace mucho. Y es como si una mano surgiera de las páginas y tomara la tuya.” — Alan Bennett, The History Boys
Por María Paz Elizondo Castillo
¿Por qué escribir? Esa es tal vez la primera pregunta de quienes coqueteamos con la idea de hacerlo. Por suerte para nosotros, dos grandes y célebres escritores nos han ayudado con la respuesta.
George Orwell, en su famoso ensayo Why I Write, menciona que un escritor es movido por cuatro razones principales: egocentrismo, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Y aunque dice que los cuatro están presentes en todo momento, vale la pena reflexionar en qué porcentaje cada uno de esos motivadores está tanto en nuestra propia escritura como en la que leemos.
Por su lado, Joan Didion, en un ensayo que intencionalmente toma prestado el mismo título que el de Orwell, dice que escribe simplemente para descubrir qué piensa, qué observa, qué ve y qué significado le da. Qué quiere y a qué le teme. Escribe porque es escritora y punto. Obviamente Joan Didion, una de las escritoras más célebres de Estados Unidos en la contemporaneidad, escribe porque es, en esencia, escritora… ¿y entonces yo, que habito en este limbo extraño donde no me considero escritora, pero me atraviesan unas ganas inescapables de escribir, ¿para qué voy a escribir?
En el mismo ensayo, Didion menciona que escribir es un acto de imponer mi Yo a los demás. ¿Para qué voy a hacer eso? No es como si mi Yo tuviera algo lo suficientemente valioso que decir que valga la pena imponérselo a los Yos de los demás. ¿Qué cosas interesantes podría tener para decir alguien como yo, alguien que en realidad ha leído menos libros de los que presume, que no ha viajado ni vivido lo suficiente?
Entonces, ¿para qué escribir? La verdad es que durante mucho tiempo cargué con esa duda, con ese sentimiento de ineptitud. Sentía que, aunque el por qué estaba bastante claro, el para qué nunca lo estuvo… hasta que, irónicamente, empecé a hacerlo.
I. La grandeza artística de una vida ordinaria
“El factor más poderoso de las memorias no es expresar tu originalidad. Es conectar con tu universalidad. Esto no significa que no debas ser original al escribir; eres el único capaz de plasmar esa experiencia universal de esa manera. Confía en ello.” -Cheryl Strayed
Cuando decidí empezar a escribir, en realidad fue por coincidencia. El llamado no era a la escritura en sí, sino a la comunicación científica. Como estudiante universitaria, me parecía que la comunicación científica, especialmente en el campo de la psicología, por su afán de mantener el rigor teórico, descuidaba la importancia del asombro y la sensibilidad de entender que, aunque la ciencia es objetiva, en realidad le habla a los seres humanos sobre ellos mismos y, por lo tanto, se debe de hacer con la responsabilidad de asombrar sobre la existencia misma. Pero la vida me llevó por otros caminos. En vez de escribir teoría psicológica, terminé en talleres de escritura en los que se escribía desde la memoria.
Para mi sorpresa, aunque nunca conocía a los demás participantes de los talleres, había siempre temas recurrentes en los textos: el amor, el desamor, la familia, los traumas generacionales, la sanación y, en general, el proceso tan doloroso de convertirse en persona. Y fue entonces que me di cuenta de algo: aunque en el mismo círculo de lectura hubiera cinco textos sobre el “evento canónico” de cada participante o cinco versiones distintas de la misma emoción, todos los textos hacían resonar algo en cada uno de los participantes, al punto de que las lágrimas eran la norma.
Aprendí que no hay nada tan universal, y tan específico a la vez, como enamorarse. Y lo mismo es cierto para la pérdida, y la felicidad, y luego el dolor que trae la naturaleza efímera de esa misma felicidad, y la confusión que genera descubrir que ese dolor también es efímero.
Aunque todos nos hemos enamorado y el sentimiento es el mismo, aunque los temas son comunes en cada vida, por más promedio y ordinaria que sea, hay un susurro único de la condición humana. Y ese susurro es necesario para el coro que nos une a todos nosotros. Sin esa voz, por más tenue que sea, la melodía quedaría incompleta.
Empecé a notar que los textos que más me conmovían no eran aquellos que narraban una historia magnífica, particular e interesante, sino aquellos que hablaban de mi propia experiencia con matices distintos. Los textos que decidían retratar lo ordinario y volverlo extraordinario.
II. La resistencia a la insoportable levedad del ser
“Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca.”-Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.
Una vez me enamoré de verdad. Fue uno de esos amores que consumen todo. No podía comer, no podía dormir; todo mi pensamiento se reducía a él. Ese amor no fue correspondido en la misma medida, pero para mí era absoluto, real, enorme.
Él no sentía lo mismo por mí y, por eso, no entendía mis sentimientos hacia él. Me decía que lo superara, que él no era nada especial y que la única razón por la que yo creía que lo era, era porque estaba enamorada de él. Eso me ofendía: la idea de que fuera solamente una mezcla de neurotransmisores en mi cerebro, que eso que no me permitía vivir fuera algo ordinario. No podía serlo.

Cuando la relación terminó, sentí que moría. Hubo una especie de duelo total, un desmantelamiento de todo lo que había sido mi eje durante cinco años. Hice de todo para recomponerme: aprendí a cocinar, fui a una iglesia y a una médium el mismo mes, hice el clásico viaje a Europa, hasta me hice runner. Fue, literalmente, una muerte y un renacimiento. El dolor de esa pérdida y su inmensidad eran la confirmación que necesitaba de que era, en efecto, algo fuera de lo común.
Pero un día ese dolor simplemente paró, y todo aquello que me consumía se disipó. Hasta me volví a enamorar. Aquello que había vivido, aquello que le dio sentido a mi vida por cinco años, se convirtió en una lejana memoria.
Meses después, al revisar las cartas y las notas que escribí en aquel tiempo con todas las preguntas que me hacía, comprendí por qué había sido necesario escribirlo. Sin esas palabras, aquella experiencia habría quedado suspendida en la memoria o, peor aún, habría desaparecido. Porque lo que solo ocurre una vez se parece mucho a lo que nunca ocurrió: se desvanece.
Al escribirlo, lo traje al mundo otra vez. Dejó de flotar como un recuerdo borroso y pasó a existir con peso propio. Al final, él tenía razón, él era ordinario, y yo también lo era. Era un amor ordinario. Un amor que, en el fondo, no era diferente al que la mayoría de personas ha sentido alguna vez.
Pero en ese tiempo fue todo, y ahora, gracias a que lo escribí, a esos ensayos y cartas que le dediqué, ese tiempo es infinito. Escribir me permitió convertir lo algo ligero en algo pesado.
Didion escribe para entenderse, yo lo hago para no desaparecer. Ella busca en la escritura un espejo que le devuelva claridad, yo una trinchera contra el olvido. Quizá escribir sea ambas cosas; una forma de comprensión y una forma de permanencia. Porque al final, escribir no es imponer el yo, como ella decía, sino ofrecerlo. Ofrecer mi pequeña e imperfecta versión del mundo para que alguien más la reconozca y, por un instante, sienta que no está solo. Escribir es una venganza contra la amnesia del tiempo, de resistir a la insignificancia, de trascender lo efímero, de darle materia a la memoria y de vivir para siempre un amor que ya no fue.
III. Escribiré para vengar mi raza
“ Escribiré para vengar a mi raza.” -Annie Ernaux
Annie Ernaux es otra escritora que piensa la escritura desde adentro, y lo hace nada menos que en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 2022. Ahí no habla del por qué ni del para qué empezó a escribir, sino de para quién. Ernaux cuenta que, a los 22 años, escribió en su diario una frase que la acompañaría toda la vida: j’écrirai pour venger ma race, escribiré para vengar mi raza.
Para ella, la escritura dejó de ser un ejercicio de imponer el yo muy pronto y se convirtió en un acto de venganza. Escribe desde la deuda con los suyos, con esas vidas que quedaron fuera del lenguaje, fuera de los libros, fuera de la historia. Lo entendió así: “No se trataba de entregarme a aquel ilusorio ‘escribir sobre nada’ de mis veinte años, sino de sumergirme en lo indecible de una memoria reprimida y sacar a la luz la manera de existir de los míos. Escribir para entender las razones, dentro y fuera de mí, que me habían alejado de mis orígenes.” Y ahí, sin esperarlo, pensé en mi abuela.
La casa de mi abuela no era suya: era de mi abuelo. Y al morir, lo hizo en una camilla en un pasillo de hospital, sola, sin nadie y sin nada. En su funeral, todas las palabras fueron sobre cómo aportó a vidas ajenas y nunca sobre su propia vida. Crió hijos ajenos. Cuidó casas ajenas. Hizo posibles vidas que no eran la suya.
Al final, ni tumba tuvo: sus cenizas pasaron al menos dos meses en el asiento trasero del viejo carro de mi papá, junto a una sombrilla rota y una botella vacía de Gatorade. El día de su funeral entendí que nunca la conocí. Y esa certeza me golpeó como nada antes, porque ya no había manera de remediarlo. Nunca había sido claustrofóbica hasta ese momento.
Y aun así, aunque no pueda contar su vida en detalle, sé que soy su último testigo. Si no la escribo yo, desaparecerá por completo.
Mis palabras serán su lápida y su venganza. Escribir es mi intento torpe de devolverle forma a las mujeres de mi vida, inteligentes, esenciales, pero condenadas a la transparencia.



